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Opinión: LA BATALLA DE LAS PALABRAS PDF Imprimir E-Mail
lunes, 14 de enero de 2008

Javier MartínezEl nacionalismo separatista en España no es una ideología, es una patología, una enfermedad. Y, como toda enfermedad, conlleva una serie de trastornos cuyos efectos a veces acaban en delirio, dejándose sentir en los lugares más insospechados. No es de extrañar que el lenguaje, las palabras y sus significados también se vean afectados por esa patología. Es más, podría decirse que la deformación y perversión del lenguaje es tanto una causa como una consecuencia de ese delirio. Y, aunque algunos (los nacionalistas y gran parte de la progresía) lo hagan de forma consciente y con objetivos bien precisos, otros simplemente acaban adoptando esas deformaciones como el que sigue una moda, como un mal hábito adquirido tras muchos años de manipulación. En este caso los efectos son igualmente demoledores.

Y esto es lo peor. Que los nacionalistas manipulen el lenguaje arrimando el ascua a su sardina es algo que podemos entender, aunque no nos guste. Pero que contagien a los que no somos nacionalistas, y que acabemos diciendo y escribiendo sus mismas sandeces por efecto de la repetición y la moda, es algo mucho más preocupante. Y ahí está.

Conozco a gentes nada sospechosas de simpatizar con el nacionalismo que una y otra vez incurren en vicios ya típicos. Es frecuente, por ejemplo, la evitación del término "España" sustituyéndolo por "Estado Español" (expresión que, por cierto, procede de los primeros años del franquismo, cuando el régimen no se podía llamar Monarquía, ni República, porque no lo era, y llamarlo Dictadura hubiera sonado muy mal. Así que se adoptó Estado Español para salir del paso. Setenta años después el invento hace furor entre aquellos a los que la palabra España les produce urticaria, sin darse cuenta de que están perpetuando un tic del abominable Régimen. Pero ¿saben algo de Historia estos talibanes?). A veces la sustitución pasa desapercibida pero otras es espeluznante, como cuando leemos u oímos: "lloverá en todo el Estado Español". Teniendo en cuenta que la lluvia no distingue superestructuras políticas de ningún tipo, la aberración es semejante a esta otra: "lloverá sobre la Iglesia Católica", o a esta: "lloverá sobre la OTAN". Como la evitación es sistemática también oímos: "vinieron deportistas de todo el Estado Español" en vez de decir "vinieron de toda España", que es lo correcto.

Una vez más demuestran ignorancia, pues difícilmente puede entenderse la aceptación de algo "español", aunque sea el Estado, si no se admite la referencia "España" que le da sentido. Sucede que encuentran consuelo en el uso de un giro que les permite sortear "España", incurriendo en una especie de pensamiento mágico, prelógico: prohibido mencionar el nombre de la bicha. No obstante algunos puristas del secesionismo cuidan más las formas y hablan de "Estado" sin más.

Otro tanto ocurre con los términos "Nación" y "nacional". No pasa nada si se habla del "Teatro Nacional de Cataluña", por ejemplo, o de la "Nación Gallega", incluso de la "Realidad Nacional Andaluza"… Pero ¡ay si se refiere a la Nación Española!. En ese caso se ponen inmediatamente en marcha los mecanismos de ocultación, y leemos cosas de este jaez: "Campeonato de ámbito estatal" en vez de "campeonato nacional" (Nótese la predilección por lo "estatal". El Estado es para los nacionalistas un hecho insoslayable cuya existencia no niegan. Es además el objetivo directo de su lucha. Si por algo se caracterizan todos los nacionalismos en España es por compartir un afán común: la destrucción del Estado Español. Este es el requisito imprescindible para que sean viables sus ensoñaciones tribales, pues un Estado nunca puede existir dentro de otro). Pero los eufemismos van más lejos. Ya he visto carteles anunciando cursillos a "nivel interautonómico" y también campeonatos de "ámbito supraautonómico". Omitir lo "nacional" y lo " español", ese es el mandato.

Es notorio el tremendo esfuerzo que hace falta para esquivar las palabras malditas que con tanta naturalidad nos vienen a otros a la cabeza. Pero en los medios separatistas deben tener manuales que versen sobre las mil y una maneras de esconderlas, pensando, quizá, que lo que no se nombra acaba por no existir. Y no les falta algo de razón.

La lucha que ellos han emprendido contra los símbolos de España es una lucha global. Conocemos bien alguno de sus capítulos más sonados, como la guerra de las banderas, que se manifiesta en forma de desobediencia civil. (las normas se incumplen y para más inri quedan impunes) Sin embargo las triquiñuelas verbales para esconder y enterrar a España son más abundantes, más sutiles y efectivas. Pero este es un problema que nuestros políticos parecen no ver. Ahí está igualmente el bochornoso asunto de la manipulación de los libros de texto en algunas comunidades autónomas, con la complicidad de editoriales de implantación nacional (casi me sale "editoriales de implantación supraautonómica") ; ahí está la invención de topónimos en bable, por ejemplo, en zonas de Asturias donde jamás se ha hablado y mucho menos escrito; ahí está Guifré el pilós, y la Euskal Herría mítica que desciende de la legendaria Atlántida, y cuyo nombre han olvidado misteriosamente todos los cartógrafos del mundo…

Esto no es todo. Hay ejemplos más sangrantes todavía, que, como no podía ser de otro modo, tienen que ver con el separatismo, el terrorismo, y ese extraño complejo que aqueja a los que no somos ni una cosa ni otra, pero que nos hace actuar como si hubiésemos interiorizado gran parte de sus fabulaciones. Complejo que nos lleva a una utilización de las palabras que a toda luces nos tendría que parecer ridícula, si no fuera por la deformación que han sufrido nuestros oídos a lo largo de los años.

Hace poco lo hemos visto ( y tantas veces…) con ocasión de la muerte en el sur de Francia de los guardia civiles Raúl Centeno y Fernando Trapero a manos de ETA.

Las televisiones, de forma unánime, hablaban de un "tiroteo". Pero a renglón seguido se añadía que los guardias civiles "no iban armados". Y digo yo, ¿qué clase de tiroteo es ese en el que unos disparan y los otros simplemente reciben las balas?. Un tiroteo presupone siempre, como mínimo, dos partes que se enfrentan a disparos, pero nunca el ataque unilateral. Eso es otra cosa. Días después supimos que fueron disparos a bocajarro.

El ministro Rubalcaba se apresuró a decir que había sido un "encuentro fortuito" eludiendo así la palabra tabú "atentado", exactamente igual que Zapatero hace un año cuando ETA destrozó la T4. Entonces se dijo "accidente" hasta tres veces para referirse a una brutalidad que segó la vida de dos personas.

Menudencias si lo comparamos con la abominación política de la legislatura, a saber: la petición formal de permiso al Parlamento, por parte del Presidente, para "dialogar" con ETA (la petición es abominable, pero la concesión de ese permiso por una mayoría del Congreso es sencillamente para enmudecer). En efecto, "dialogar" es hablar sobre cualquier asunto, sin mayor consecuencia que lo que supone un intercambio de razones entre las partes dialogantes. Lo que ZP pedía, porque no puede concebirse de otra manera, no es diálogo, sino "negociación". Y ahí está el dislate, porque en el acto mismo de formular esa petición en la sede de la soberanía nacional se le estaba concediendo a ETA la categoría de interlocutor político, a la vez que se reconocía, de forma implícita, la existencia de ese "conflicto político" al que siempre aluden los terroristas para legitimar sus crímenes, y el nacionalismo para justificar sus reivindicaciones. Negociación en toda regla, encubierta bajo el concepto blandito y biensonante de "diálogo". Pero no era nuevo. Miles de personas cayeron en esa trampa tras el asesinato de Ernest Lluch en el año 2000: "diálogo ya" rezaban aquellos cartelitos, sin especificar con quién ni para qué, aunque se veía venir. El remate lo puso una alocución de Gemma Nierga que, usurpando al muerto su última voluntad, decia así: "Ernest hubiera dialogado hasta con quienes le han matado". Eso dijo. Hace falta poca vergüenza. Sigamos.

Con frecuencia nos encontramos otras tergiversaciones. Los terroristas casi nunca lo son en el lenguaje de los medios. A lo más que llegan es a "presuntos", categoría de la que no parecen librarse ni cuando ya han confesado sus fechorías. Otras veces son simplemente "violentos". Por Ejemplo: "Los violentos no conseguirán vencer a la Democracia" o " Los violentos no tienen futuro". Pero a veces se riza el rizo y se les llama "violentos de baja intensidad", angelitos de la caridad, vamos. Ya me gustaría a mí que fueran simplemente violentos. ¿Por qué tanto miedo a llamarlos sin más "terroristas" y "asesinos" o "mal nacidos"? ¿ Por qué no se nos permite ni un desahogo verbal que además no falta a la verdad?. "Violento" es el hombre que empuja o zarandea, el que grita o pega, el que pierde los estribos y destroza objetos… El que mata es "asesino". Si lo hace de forma organizada es además "mafioso" y "terrorista", un canalla total. Y los que apoyan al terrorismo son "cómplices" del asesinato y la extorsión, y no "violentos de baja intensidad". ¡Valiente manera de exculparlos!. A los batasunos se les llama "la izquierda abertzale" como si fueran una opción política más, aún cuando pesa sobre ellos la consideración oficial de banda terrorista desde hace unos años. Y todos sabemos, aunque no existiese esa consideración, que son una y la misma cosa que ETA. Y cuando los terroristas van a la cárcel son "presos vascos", como si fueran prisioneros de guerra de una nación enemiga. ¿Han oído alguna vez "presos manchegos" o "presos madrileños"?

Esta enfermiza ambigüedad, ese enfermizo miedo a molestar a los nacionalistas de todo tipo, y esa pusilanimidad lingüística, aparecen también ¿cómo no? en las manifestaciones y concentraciones de repulsa a ETA.

Salimos bienintencionadamente a la calle para protestar, pero no se nos deja usar las palabras adecuadas, las que saldrían de nuestra boca si los gritos fueran sinceros. Más bien se nos manipula desde el principio con la imposición de lemas oficiales y carteles prefabricados. Lo más fuerte que leemos es: ETA NO ( y, por supuesto, ETA EZ). Un "no" lo damos cuando se nos pregunta "¿vendrás al cine esta tarde?" o ¿quieres lotería? o cuando protestamos por una depuradora o una variante: Depuradora no, Variante no. Pero ¿contra ETA? ¿tan faltos de sangre andamos que sólo se nos ocurre decir ETA NO, como si estuviéramos votando en un referéndum?.

La cosa adquiere tintes imbeciloides cuando añadimos: VASCOS SI. Yo siempre he creído que lo evidente sobra, y que está suficientemente claro que la repulsa es contra los asesinos por ser asesinos y no por ser vascos. Pero por lo visto, o los vascos son muy tontos y hay que aclararlo para que no se enfaden o, como me temo, los tontos somos nosotros por comportarnos como si pidiéramos perdón por manifestarnos.

Y no digamos el papelón que hacemos con los minutos de silencio, las manos pintadas, los aplausos y esos manifiestos que, en realidad, son oraciones colectivas pidiendo la conversión religiosa de los asesinos (más o menos como si le pidiéramos a un león que se vuelva vegetariano…) Y luego la prensa se queja: "Emotivo silencio roto por un energúmeno que gritó asesinos, hijos de pu…". En fin, siempre hay alguien que nos redime, gracias a Dios.

El colmo de todo este mal que venimos denunciando lo encontramos en el uso y abuso del término "Paz". Sin darnos cuenta caemos en la peor de las trampas y además con la palabra clave, la que ellos quieren que utilicemos porque supone una legitimación conceptual de sus reivindicaciones, y por ende, de sus actos. "Paz" aparece en todos los manifiestos, en casi todos los lemas oficiales de concentraciones y manifestaciones. Pulula hasta el aburrimiento en todos los discursos políticos. ¡ Cómo se relamen los asesinos!. Dos ejemplos: "Proceso de Paz" y "Por la Paz y contra el Terrorismo". Gran error. Mientras se hable de "Paz", mientras se pida la "Paz", se está reconociendo de forma implícita que nos encontramos en el estado contrario, aquél que le otorga sentido, a saber, la Guerra. La Guerra heroica que los etarras dicen mantener contra el ocupante español, contra el Estado opresor y torturador que les impide ser un pueblo libre. ¡Delirante! Ese es el lenguaje que utilizan y, sorprendentemente, el lenguaje que utilizamos nosotros también. A nadie se le escapa que una guerra tiene siempre dos bandos, ambos armados y bajo las mismas reglas. ¿Hay guerra entre ETA y España, perdón, entre ETA y el Estado Español? No. Entonces ¿por qué se les concede ese gustazo? ¿por qué regalamos sus oídos con la melodía que quieren oír?.

Menos mal que últimamente se perciben algunos cambios y ya hemos visto pancartas en las que se prescinde de "Paz" y se sustituye por "Libertad": "Por la Libertad y contra ETA". Suena mejor. Por un lado se acomoda a lo que los ciudadanos perciben, es decir, a la falta de libertad como consecuencia del terror que los asesinos imponen. Y, por otro, no se habla genéricamente contra el terrorismo, moda que se estaba extendiendo, sino que se le pone nombre: contra ETA. Este lema tiene además la virtud de rechazar adrede el vocablo que ZP ha utilizado como talismán se su legislatura: "La Paz", y del necio empeño mencionado más arriba de mantener unas negociaciones vergonzosas de las que ya conocemos algunos de sus términos: los terroristas reinsertados tendrían una paga de 1500 euros al mes, por ejemplo, amén de la liberación de históricos sanguinarios (De Juana. "Hombre de Paz" lo llamó Zapatero) y otras cosas que sonrojan. A eso llaman algunos Paz. ¿Y la dignidad? ¿ya no significa nada?.

De todas formas, todo hay que decirlo, los terroristas nunca han reconocido luchar contra la paz o contra la libertad. Ellos siempre lo precisan: luchan contra el Estado Español. Por eso atacan todo aquello que lo simboliza, tanto da objetivos militares y policiales, como políticos, judiciales o económicos. Y a fe que hacen daño.

En consecuencia no estaría de más que las manifestaciones contra ETA fueran a la vez actos de defensa de la Nación Española: "Por España, contra ETA". Pues de eso se trata, ya que la nación política España es la garantía de nuestros derechos, de la paz, de libertad y hasta de nuestro bienestar económico. Pero mucho me temo que entonces no acudirían a esas manifestaciones personajillos que ahora si lo hacen, amparados precisamente en esa falta de firmeza que se trasluce en los lemas, y en el encogimiento de los grandes partidos nacionales.

Éstos, incapaces de coger el toro por los cuernos, no parecen percatarse de la imperiosa necesidad de poner freno a esta escalada nacionalista, ni de los peligros latentes que el adoctrinamiento antiespañol conlleva a medio plazo.

Hay que hacer algo ya. Y lo primero es desenmascarar las trampas linguísticas. Hemos visto algunos ejemplos sin ánimo de ser exhaustivos, pues la lista podría alargarse: "ámbito vasco de decisión", "hecho diferencial", "normalización lingüística", "movimiento de liberación", "conflicto armado", "mediadores internacionales", "naciones sin Estado", "Europa de los pueblos", "selección nacional catalana de hockey"…

Aunque parezca una tontería, llamar a las cosas por su nombre, sin complejos, sin rodeos, sin remilgos, es de vital importancia. Porque, de lo contrario, confundiendo los nombres confundiremos las ideas. Y con ellas nuestros actos y sus fines.

Los políticos y los periodistas deberían, y todos, deberíamos, ser más exigentes a la hora de decir lo que pensamos, para que la batalla de las palabras no se pierda.

Y especialmente el Partido Popular, por sus ideas, por lo que representa de esperanza entre tanto nubarrón, por lo que piensan sus bases, por lo que sienten la mayoría de los españoles, y porque ya esta bien, tendría que abanderar el giro hacia un nuevo estilo, hacia una nueva corrección política donde al pan se le llame pan y al vino, vino. Menos es nada.

 

Javier Martínez

Alcañiz

Modificado el ( jueves, 17 de enero de 2008 )
 
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